Por: Virgilio Marón 24/04/2026
Si se acepta como natural que ministros, magistrados y jueces puedan ser elegidos por voto popular, entonces habría que tener el valor de llevar esa lógica hasta sus últimas consecuencias y formular la pregunta incómoda: ¿por qué no elegir también por voto a los generales del Ejército, de la Fuerza Aérea y de la Marina, y que el cargo lo obtenga quien reúna más sufragios? La sola formulación de esta hipótesis revela el absurdo.
Casi nadie, con un mínimo de seriedad institucional, sostendría que el mando superior de las fuerzas armadas deba decidirse en campaña, en boletas, en propaganda o en simpatías públicas. Y no lo sostendría por una razón elemental: porque esos cargos no pueden ser entregados a quien mejor conecte con el electorado, sino a quien haya acreditado, durante años, una formación rigurosa, una experiencia acumulada, una disciplina probada y una competencia técnica excepcional. Precisamente por eso la analogía resulta tan útil: exhibe con claridad que no todo poder del Estado se legitima correctamente a través del voto, y que hay funciones cuya naturaleza exige filtros de profesionalización que la popularidad no puede sustituir una cosa es la legitimidad democrática del Estado en su conjunto y otra muy distinta es el método adecuado para seleccionar a quienes desempeñan funciones altamente especializadas dentro de ese Estado. En las democracias constitucionales, no todo se decide mediante sufragio directo, no porque se desprecie al pueblo, sino porque precisamente se quiere proteger al pueblo de la improvisación, del voluntarismo y de la sustitución de la pericia por la consigna.
En realidad, la hipótesis de elegir generales por voto popular sirve para desnudar una falacia más amplia: la idea de que el sufragio, por sí mismo, mejora cualquier institución. No es verdad. Hay instituciones que se fortalecen con representación y otras que se destruyen cuando la representación invade el espacio de la técnica. El problema no es el pueblo; el problema es el uso ideológico del pueblo como argumento para desmontar sistemas de formación profesional arduamente construidos.
Quien ha pasado décadas preparándose para ascender en el ámbito militar no compite en carisma, compite en mérito, experiencia, disciplina, resultados, evaluación interna y madurez de mando. Cambiar ese modelo por uno plebiscitario equivaldría a decir que la voluntad inmediata vale más que el aprendizaje acumulado, que la visibilidad pesa más que la competencia y que la emoción pública puede reemplazar la ciencia institucional del oficio.
¿Se imaginan a un general que nunca haya disparado un arma, se imaginan a un juez que nunca haya dictado una sentencia?
Agenda Mediática | 💻 Más información: https://agendamediatica.com.mx