Por Virgilio Marón – 31/01/2026
El proceso de revocación de mandato promovido durante el gobierno de Salomón Jara lejos de fortalecer su legitimidad terminó por exhibir la fragilidad política e institucional de una administración que buscó validarse y obtuvo el efecto contrario. El ejercicio, presentado como un mecanismo de participación ciudadana, operó en los hechos como un simulacro democrático cuyo saldo principal fue el desgaste acelerado del poder.
El debilitamiento del actual gobierno oaxaqueño no es resultado de una oposición eficaz, sino consecuencia directa de su propia práctica de gobierno. Corrupción, nepotismo, autoritarismo, persecución de organizaciones sociales y sindicales, subordinación de los poderes del Estado e incapacidad para garantizar seguridad han erosionado progresivamente la confianza pública. En ese contexto, someterse a una revocación de mandato no fue un acto de convicción democrática, sino una apuesta temeraria de legitimación anticipada con miras a las disputas de poder rumbo a 2027.
Los resultados del proceso desmienten la narrativa oficial del triunfo. La participación ciudadana cercana al 30% no puede interpretarse como respaldo, sino como una señal de rechazo social significativa. Cuatro de cada diez votantes acudieron a las urnas para exigir la revocación del mandato, un dato políticamente demoledor en un proceso diseñado para no ser vinculante y organizado bajo condiciones de control institucional y uso de recursos públicos. La consulta fue a modo: jurídicamente inofensiva para el gobernador, pero políticamente devastadora.
Más grave aún fue el desempeño de la autoridad electoral, cuya actuación quedó completamente desacreditada. Incapaz de contener las irregularidades, sometida a la presión del Poder Ejecutivo y carente de autonomía efectiva, permitió que el proceso derivara en una auténtica elección de Estado. El colapso del sistema de cómputo con apenas nueve actas procesadas y alrededor de trece mil votos contabilizados no impidió que el gobernador se proclamara vencedor sin sustento técnico ni validación plena del árbitro electoral.
Las cifras oficiales de 58% a favor de la permanencia carecen de credibilidad frente a las denuncias documentadas. Incluso aceptando estimaciones conservadoras de fraude cercanas al 15%, el escenario real se aproxima a un empate técnico o a una derrota política encubierta. Un gobierno que necesita precipitar proclamaciones y administrar resultados no gana: sobrevive.
El proceso confirmó, además, el retorno de prácticas propias del viejo régimen. Aquello que durante décadas se denunció como prianismo reapareció con un nuevo discurso, pero con los mismos métodos. La consigna histórica de “voto por voto, casilla por casilla”, impulsada por Andrés Manuel López Obrador adquiere hoy un sentido irónico: la exigencia democrática se levanta ahora contra un gobierno que se asume transformador, pero actúa con las lógicas del pasado.
Los resultados territoriales profundizan el diagnóstico. El gobernador perdió de manera clara la zona metropolitana y regiones estratégicas como Santo Domingo Tehuantepec e Ixtlán de Juárez. No se trata de focos aislados, sino de núcleos sociales y políticos clave que reflejan un rechazo estructural. El saldo es inequívoco: Oaxaca tiene hoy un gobernador que conserva el cargo, pero ha perdido la legitimidad.
Si no existe un viraje radical en el estilo de gobierno, erradicando el nepotismo, la corrupción, la persecución política, la violación de derechos laborales y la ineptitud administrativa, la conflictividad social se intensificará. La revocación de mandato no fue concebida para legitimar gobiernos débiles ni para simular participación ciudadana. Fue diseñada como un instrumento de corrección democrática.
Ignorar su mensaje equivale a profundizar la crisis de gobernabilidad. La ciudadanía oaxaqueña tiene derecho a conocer la verdad del proceso, a reconstruirlo colectivamente y a defender la dirección de su voto. Lo ocurrido no fue una victoria democrática, sino la confirmación de una simulación. La primavera prometida terminó revelando su verdadero rostro: un prolongado e incierto invierno político.